Tú
Te veo mal. Tu cara, pálida como la de un muerto, refleja una profunda tristeza. Tus ojos están cansados de llorar, tanto, que unas ojeras violáceas te marcan el rostro. Tienes los pómulos hundidos. El cabello, antes tan brillante, te cae lacio y sin vida sobre los hombros. Te miras las manos y compruebas que no tienen nada que ver con las de Lara. Mientras que sus dedos son bonitos, los tuyos están deformados de tanto utilizarlos para vomitar. Tus uñas están roídas hasta la médula, pues estás tan nerviosa...
Tan nerviosa, porque te sientes culpable al comer; tan nerviosa porque estás deseando provocarte arcadas para no sentirte hinchada; tan nerviosa porque te han ingresado en el hospital...
Tu peor y mejor amiga, dependiendo de los resultados que te dé, es la báscula. Si pierdes algunos kilos, incluso gramos, suspiras aliviada. Pero, si por el contrario, ganas un solo gramo, tal es tu ansiedad, que te deprimes y te encierras en tu habitación, como si el mundo tuviera la culpa.
Mientras te miro, intento ver más allá de lo que tú piensas, e intento ver lo que los demás dicen que ven. Un esqueleto, en vez de un cuerpo. Al fin, tras mirarte desde todos los ángulos posibles, lo veo.
Veo lo que ven todos. Veo que tus rótulas sobresalen de forma antinatural Veo la semejanza de tus dedos con las patitas de las arañas. Veo, veo...lo veo todo. Y, sin embargo, no tengo el valor suficiente para enfrentarme a ello.
La piel morena que antaño te caracterizaba ha sido sustituida por una tez que simula el blanco más blanco. Ya ni tan siquiera puedes pellizcarte la piel, pues no te queda piel que pellizcar.
Y pensar que todo comenzó aquella tarde de verano. Pesabas cuarenta y ocho kilos. Un peso normal, como el de todas las chicas de tu edad. Si me hubiesen dicho entonces en qué te ibas a convertir, no lo hubiese creído. Me habría echado a reír. Una chica como tú, no podía caer en semejante trampa. Y, sin embargo...aquí estás.
El principio de esta historia lo marcan dos ojos verdes. Dos ojazos que atraían las miradas de todas las chicas por allí por donde iban. Tú, como era de esperar, no ibas a ser una excepción. Quedaste embrujada en cuanto esos ojos se encontraron con los tuyos. Ojos azules y ojos verdes. Cielo y tierra.
No mereció la pena: por aquella maldita mirada cruzaste océanos y mares; por aquellos ojos, que te desarmaban con sólo mirarte, lloraste más de una vez; por sentir el sabor de sus labios eras capaz de morir.
Te miro y me pregunto, ¿qué hiciste? Arrojaste tu vida por la borda tan sólo por él...tan sólo por él. Es cierto que era bastante atractivo. Venía de buena familia, era encantador con tus padres, el dinero no le faltaba, tenía amigos, era popular...y también fingía amarte, lo hacía bien. Tanto, que ni siquiera te diste cuenta. Tú, que siempre fuiste la que tenía los pies sobre la tierra. La responsable, la que estaba en sus cabales, ¿de verdad valió la pena cambiar tanto por alguien? Por alguien, que luego, después de haberte arrastrado hasta un pozo sin fondo, te susurró al oído que no te amaba.
Pobrecita, recuerdo tu dolor, aquel día fue el más negro y oscuro de todos los que tú habías pasado. Le diste tanto... lo único que te ofreció cuando te vio en este estado fueron tres palabras, siete letras, nueve caracteres... (No te amo). Te abandonó.
Cambiaste para que se fijara en ti. Te mutilaste a ti misma. Él te pidió salir, cierto. Pero tan sólo lo hizo...ni tan siquiera entiendo sus motivos. Si dijese que fue para divertirse sería demasiado cruel, y si alegase que fue porque le gustabas, ¿por qué te dejó entonces? Tal vez cuando te vio más delgada se sintió atraído por ti, y cuando reparó en que cada vez tenías peor aspecto, en que cada vez se te notaban más los huesos...quizás se asustó. Quizás comprendió que la broma había llegado demasiado lejos, que no se puede jugar con los sentimientos y el bienestar de una persona.
Llevas semanas, meses, aquí. Te aseguro que comprendo tu deseo de marcharte. Y tras recapitular la historia entera después de tanto tiempo, comprendo. Los médicos antes me parecían completos paranoicos respecto a tu físico y ahora veo de qué se preocupan. Ahora veo que realmente ese estúpido chulito de barrio podía haberte matado.
Comienzo a llorar y llorar. Me ahogo en un mar que constituyen mis propias lágrimas. Ahora mismo pienso que eres tonta, que te vas a morir. Pienso que la gente tiene razón, y que eres toda huesos. No vale la pena morir así. Te diría que eres la persona más tonta del universo. Pero sé que no me vas a entender, eres tan sólo un reflejo. Y también sé, que no puedo reprocharte nada, porque tú eres yo.

dafne121 dijo
que bello
26 Abril 2009 | 10:53 PM