Si no me muero...
Extiendo mi mano, tanteando en la penumbra, para ver que puedo encontrar. Aguzo el oído para ver que puedo oír. Silencio. Voy paseando por la reducida estancia, intranquilo. Para colmo de males soy claustrofóbico. Estar en espacios reducidos me agobia. Y, sin embargo aquí me tenéis: muerto de miedo en un habitáculo de 2 por 3 metros. En la oscuridad y sin poder salir.
En condiciones normales estaría agobiado. Pero, cuando se está sumido en la penumbra no parece que el espacio sea tan pequeño. Sensaciones, todo es relativo.
He de pensar la manera de salir de aquí.
- ¿Hola?, ¿hay alguien ahí?
...Silencio absoluto.
- ¿PUEDE OÍRME ALGUIEN?
Nadie me oye, quizá es que no quieren oírme, pero, ¿qué más da? Lo importante es que no voy a poder salir de aquí.
Me acomodo como puedo en el suelo. Y dejo que pase el tiempo. Minuto a minuto, segundo a segundo...
Tan sólo puedo esperar, he probado de todo. Las paredes, las he golpeado una y otra vez, con mis puños, sin obtener resultados. Al parecer, nadie escucha mis gritos...
Después de bastante tiempo de intentar de todo sin éxito alguno, me rindo. Afónico y agotado. Intento dejarme caer al suelo cuan largo soy, pero cuando la mitad de mi cuerpo ya reposa, la otra parte choca violentamente con una de las cuatro paredes que me mantienen preso, recordándome así lo pequeño que es el espacio donde me encuentro.
Me siento como un insecto al que un niño ha metido en un bote para observarlo cuando le venga en gana. La única diferencia es que el animal tiene luz, yo no. El bichito tiene a quien le dé de comer, además el bote está dotado de unos agujeros para que el insecto en cuestión pueda respirar...yo tarde o temprano moriré de inanición, sino la palmo antes por falta de oxígeno.
La verdad es que no era esta la muerte que tenía planeada. Me hubiera gustado morir durmiendo, para no sentir dolor, pero eso es lo que todo el mundo busca ¿no? También es cierto que no tenía pensado morir de tan joven. Como bien dice mi abuelo, tengo toda la vida por delante. Estirar la pata precisamente ahora no entraba en mis planes. Pero, ¿qué se le va a hacer? Todo en esta vida tiende a ser así de imprevisible.
Si me muero, el mundo se perderá al magnífico arquitecto que tenía pensado ser. Los esplendorosos edificios que hubiera podido diseñar no existirán jamás. Mis planes de futuro hechos trizas por capricho de la existencia.
No creo que haya una divinidad superior que vaya a hacerme resucitar ni nada parecido. No creo que exista ni un cielo ni un infierno. Simplemente pienso que, cuando estiras la pata, se acabó lo que se daba, y punto. Lo siento por mi novia, por mi madre, por mi padre, mi abuelo, primos, tíos, etc., que supongo que se preguntarán por qué a mis catorce años he exhalado el último suspiro tan joven y aquí...una muerte patética.
Me aburro, prácticamente llevo aquí un siglo. Planear mi muerte ha sido divertido, aunque sea verdad que me vaya a morir de un momento a otro. Mi madre siempre dice que soy demasiado dramático. Pero esta vez el adjetivo no encaja.
Siento que el aire me falta. No puedo respirar. Es como si el oxígeno que hay en el ambiente se resistiera a dejar que lo utilizase para vivir. Me muero de verdad, siento que la vida se me escapa. Como cuando coges agua y se te escurre entre las manos.
-¡Mamá! Sácame de aquí.- sollozo- Dios mío, te prometo que si no me muero sacaré al perro todos los días; si no me muero haré los deberes y estudiaré mucho más; si no me muero seré la bondad en persona; si no me muero te juro que no le pediré más dinero a mis padres los fines de semana; si no me muero dejaré de ser tan egoísta; si no me muero...
Intento controlarme viendo la cara que pondría mi hermano al verme lloriquear de semejante manera. Me diría que soy un pringado además de que él se hubiera enfrentado con valor a la muerte. ¡Si claro! Menos lobos caperucita, ya me gustaría a mí verlo en una situación parecida.
El pánico vuelve a mí de nuevo y, en un último intento de salir de aquí golpeo de nuevo las paredes al tiempo que grito:
- ¡¡¡¡SOCORRO!!!!
A mis chillidos se suman lágrimas. Lágrimas de miedo porque no quiero que mi ataúd sea algo tan frío y negro.
Al cabo de unos instantes oigo voces, por fin. Mi salvación.
- Chico, ¿está bien?
Después de un débil "si" por mi parte, una voz me dice que no me preocupe, que me sacarán de aquí dentro de unos minutos.
Veinte minutos más tarde me reúno con mi madre y mi hermano vivito y coleando. Nada más verlos, corro a darles un abrazo.
- Que mal lo he pasado.
Mi madre se echa a reír al tiempo que me acaricia el pelo.
- Pero Carlos, si has estado encerrado diez minutos escasos. Tranquilízate, siempre tan dramático, por Dios.-me dice.
- Pareces tonto, ¿quieres no ponerte así?- mi hermano es así de sensible.
- A mí, me parecieron siglos - susurro - creí que me moría.
Una mueca de fastidio asoma en el rosto de mi hermano. "Qué imbécil eres" dice su cara.
Mi madre ríe de nuevo.
- Los jóvenes de hoy en día os aburrís con todo. Diez minutos sin hacer nada y ya se acaba el mundo.
Instantes después, admito que la situación es bastante ridícula. Tal vez si sea un poco teatrero de más.
A pesar de lo patético que fue aquel episodio del ascensor, desde entonces subo siempre por las escaleras, ¿quién sabe lo que puede pasar?
